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sábado, 16 de enero de 2016

Alaska

Un día me di cuenta
de que mis dedos pedían
a gritos recorrer las carreteras
que la sangre dibujaba
en tus brazos.

Podía negárselo a los demás,
negármelo a mí misma,
pero no a mis dedos
que estaban tristes, fríos
sin tu calor.

Puse mis manos al sol
pero no se calentaban,
y el fuego que antes me consumía
no conseguía ahora
derretir el hielo.

Un hielo que yo misma había creado.
Y ahora estaba atrapada,
congelada
tras mis propios muros,
mis defensas.

Y así era la reina en mi prisión de cristal,
pegando las manos al hielo,
golpeándolo y gritando
hasta dejar sin aire mis pulmones
que alguien me sacase de allí.

Pero nadie me rescató
ni trató de derretir el hielo,
nadie vio la sangre deslizarse bajo los muros
ni el dolor en mis pupilas
congeladas.

Y me quedé allí, ausente,
suspendida en el tiempo,
rogando
que el fuego que tanto había odiado
volviese a quemarme.

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