Lo quería. Habían pasado ya más de dos años y, bajo todo el odio, seguía queriéndolo. Ya no de la misma forma, nunca tendría nada con él, pero de todas formas lo quería.
Aparecía en cada gota de agua pegada en su ventana las tardes de lluvia.
En cada uno de los acordes de aquellas canciones.
En esa fecha que tenía grabada a fuego en el pecho, cada 16.
En el olor de aquella colonia que impregnaba su sudadera favorita.
En cada cicatriz.
En cada cigarrillo.
En las cenizas de cada fotografía que quemó.
Aparecía en muchos sitios, pero ya no dolía.
Es decir, sí, dolía, pero no como antes.
Era un dolor dulce, melancólico, como sumirse en un sueño profundo tras una tarde fumando.
Como el dulce de un pastel lleno de chocolate y veneno, porque así era él.
Dulce como el caramelo y venenoso como una viuda negra.
Y quemaba.
Oh, vaya si quemaba.
Y ella se derretía en aquella mirada que apenas expresaba nada.
Y recordó el tiempo en que lo había querido de una forma distinta, y él había dolido de verdad.
Un dolor punzante como mil agujas clavándose en su pecho.
Recordó cada vez que trató de volverse fría y él destruyó su muro de piedra.
Lo echaba de menos.
Y todo apuntaba a que él a ella no,
Pero un día, un día no tan lejano como parecía, pasó algo increíble.
Lo miró a los ojos, como tantas veces, y esta vez ella sonrió.
Sonrió porque él había bajado la guardia y dejado ver en sus ojos que la echaba de menos.
Ese día se acostó feliz.
Descubrió que el hielo podía quemar al fuego antes de derretirse.
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