Empezó a desnudarse hasta que quedó en ropa interior delante del espejo. Se miró detenidamente, se fijó en cada detalle. Pensó en lo perfecta que era su piel unos años atrás, cuando era tan solo una niña que apenas levantaba dos palmos del suelo, y siguió revisando cada centímetro de su cuerpo, pasando los dedos por cada marca y recordando todas y cada una de ellas. Y empezó a pensar en las personas. En las que dejaban marca. Pensó que había algunas que eran como los tatuajes, que al mirarlas recordabas el dolor que te habían causado por un tiempo, pero que querías conservar siempre. Había otras, en cambio, que eran como cicatrices. Había dolido y quizás demasiado, y todavía hoy se te apaga la luz de los ojos cuando alguien te pregunta cómo te la has hecho. Y las ojeras, las ojeras eres tú. Te recuerdan cada error, cada fiesta, cada noche en vela porque algo (o alguien) no deja de rondar por tu cabeza. Por último estaban los lunares, y recordó a su madre. Ella siempre decía que cada lunar era un amante, uno de esos de los que nunca te llegas a enamorar pero que están en algún lugar de tu memoria. De muchos no recordarás ni su nombre, y esos son los pequeños lunares que has visto de pasada alguna vez pero que te parecerán nuevos si te fijas en ellos. En cambio, esos lunares de los que sí tienes consciencia, esos que sabes que están ahí, son los amantes que de verdad valieron la pena. Pensó en todas estas marcas, ya casi olvidadas, como lápidas de viejos sentimientos que quedaron para siempre enterrados. Había empezado a llover. De repente, apareció en su pecho una enorme línea sangrante, y el dolor la dobló hasta hacerla caer de rodillas en el suelo. Cuando consiguió levantarse comprobó que no había nada sobre su piel, que todo había sido una ilusión. Decidió que ya había bebido demasiado y se fue a dormir, con el dolor todavía ardiéndole en el pecho y en la mente grabado a fuego el nombre de su única herida abierta.
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