Que yo también me ahogué en esas aguas como un náufrago en el mar de tu mirada, pero la sal, aunque escuece, me cura las heridas que no cicatrizó el tiempo. Las cenizas de mis recuerdos me queman las palmas de las manos pero yo sigo adelante, escribiéndote aunque me duela, esperándote aunque no tenga paciencia, porque octubre se nos ha echado encima y los domingos de noviembre se me hacen demasiado tristes sola.
Maldito, maldito sea el día que me perdí entre el sonido de tu voz, que tus cuerdas vocales me atraparon y me hacen vibrar cuando alguna palabra para mí sale de tus labios.
Pues te pertenezco desde aquel día que te miré y sentí algo que se salía de todas las gráficas, desde el día que entré en tu órbita espacial de la que no consigo salir.
Atrápame o suéltame. Abandóname o hazme tuya. Quiéreme. Ódiame.
Pero quédate a mi lado.
Tan solo quédate, permanece a mi lado de una forma u otra pero quédate aquí, conmigo.
No me obligues a echarte de menos cada día, en este delirio monocromático pintado de gris.
No me obligues a perderme de nuevo ahora que me he encontrado al encontrar mi reflejo en el marrón de tus iris.
Fundámonos en una explosión de locura y fuegos artificiales teñidos de dolor y lágrimas de felicidad.
Sangra conmigo, maldita sea.
Que entre nosotros haya de todo menos espacio.
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