Era un día cualquiera.
Como cada mañana se miró al espejo;
los ojos un poco más verdes,
la sonrisa un poco más grande.
Un poco de maquillaje aquí, y allá
y ya era feliz.
Como cada tarde se miró al espejo;
los ojos un poco más apagados,
de la sonrisa ya ni rastro.
Se quitó el maquillaje...
y ya no era tan feliz,
Como cada noche no quiso ni mirarse al espejo;
sabía que sus ojos estaban húmedos,
sus ojeras bastante más oscuras.
Las cicatrices un poco más profundas
y el alma tan rota como siempre.
Aquel día quería ser como todos los demás, pero no lo fue;
el despertador marcaba las cuatro.
Era tarde, y ella seguía perdida entre recuerdos.
Las noches de noviembre nunca habían sido tan largas,
su almohada nunca había estado tan mojada,
ni sus sábanas tan rojas,
ni le habían dolido tanto las muñecas.
Aquel día le dolía tanto el corazón
que decidió tomarse la caja entera de pastillas
porque estaba cansada del dolor.
Y así se consumió, en una noche oscura.
Sollozando;
igual que había venido al mundo,
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