Mi intención era escribir una entrada que resumiese el año. Sí, uno de esos tristes y típicos textos melancólicos lamentándome de casi 365 días desperdiciados. Pero has hecho algo que merece todavía más mis palabras. Supongo que, como tu dices, has hecho algo importante. Algo importante en este año que parece que ambos hemos echado a perder haciendo cosas vacías e inútiles.
No sé si cuando me has besado se me ha quitado al fin la espinita, después de dos años y medio, o si por el contrario se me ha clavado un poquito más profundo. Sabes que no quiero que lo pases mal, pero de alguna manera me gustaría que tuvieses remordimientos. Que tu extraña conciencia te recordase a cada minuto, a cada instante lo que le has hecho a esa chica con la que sales. Lo que me has hecho a mí. Estoy feliz, por una vez, porque ese dolor ahora queda en el pasado. Y sé que todos los años digo lo mismo, pero este será el mío. Y si no es mi año, haré que lo sea. ¿Querías subirme la autoestima? Lo has hecho, pero no de la manera que a ti te gustaría. Me toca jugar.
Y mira que te he avisado, te he dicho que el hielo puede quemar al mismísimo fuego antes de derretirse. Mil veces me dije que arderías conmigo, y ahora por fin lo has hecho. ¿No te das cuenta?
Cuando tus labios rozaron los míos se congeló el puto infierno.
Necesito hacer esto, me hace falta sacar de vez en cuando un poco de odio hacia ti, quizás porque aceptar que te quiero es doloroso y me da demasiado miedo.
Tal vez sea mejor que lapide tus recuerdos con este corazón inútil que el tiempo y el frío han convertido en piedra. Lleva tanto tiempo congelado que ni el calor de tu aliento en mi cuello podría derretirlo ya.
Vete antes de que cambien las tornas y te haga daño yo a ti, o quédate para siempre.
Bueno, quizás el para siempre es demasiado. No pido tanto. Tan solo quédate este invierno, y me encargaré de apartarme yo de ti antes de que empiece el deshielo y los cristales de mis ojos se descongelen y corran libres por las mejillas que antes tú habrás acariciado convertidas en lágrimas, dulces para que no caigan en ninguna de las heridas abiertas y provoquen más daño del que yo misma me he hecho.
Tan solo quiéreme hasta que florezca la primera señal de muerte de este invierno suicida que nunca debió comenzar.
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lunes, 29 de diciembre de 2014
Año nuevo, muerte nueva.
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