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martes, 2 de diciembre de 2014

Tan solo quédate este invierno.

Siempre le dijeron que era una niña alegre. Nunca la veían llorar, siempre sonreía. Lo que ellos nunca supieron es que cuando llegaba a casa, de sus párpados, que nunca deberían haberse abierto, caía una lágrima por cada sonrisa, y una gota de sangre caliente le acariciaba la fría piel de la cadera y se la ponía de gallina. Tenía un antojo en el fondo de la garganta, allí donde mueren los suspiros melancólicos y los gemidos de placer. Quería gritar tan fuerte que se quebrara todo (y todos) a su paso.
Quería vivir sin él o morir abrazándolo. Quería dejar de quererlo pero sabía que era imposible, que había pasado demasiado tiempo echándolo de menos como para renunciar a él ahora.
Y sí, hablo de ti y de mí, porque supongo que esta enferma e inestable historia alguna vez fue nuestra.
Ya perdí la cuenta de los besos que te debo, aunque supongo que no importa porque son más de los que tú querrías darme. Ahora que todo va bien espero olvidarte. Me arrancaré de golpe la estaca y acabaré desangrándome hasta morir, pero valdrá la pena todo este dolor porque me habré perdido entre tus lunares. Y una vez que mi boca haya rozado tus labios, lo veré todo claro, y sabré si es posible sacarte de mí de una vez por todas. Me quitaré las ganas de pasar los veranos a tu lado.
Tan solo quédate este invierno, porque mis manos están siempre frías allí donde les falta el calor de las tuyas.

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