Cada vez escribo más y duermo menos. Es por ti, supongo. En un par de semanas me rompiste todos los esquemas y a ver cómo salgo yo ahora de esta. De todas formas no importa. Qué más da que te claves un poquito más hondo en mi corazón, si la herida solo sangra cuando sacas el cuchillo. Mis labios se cortan allí donde faltan los tuyos y mis ojos persiguen tu mirada fugitiva esperando una sonrisa en tu boca. Y aunque sé que estas flores ya han brotado en otras primaveras y no me fío de tu invierno traicionero, en parte sigo pensando que este sol brilla solo para mí, y me lo creeré cada vez que me lo digas aunque se ponga a llover una y otra vez. Tal vez sea la falta de sueño lo que me vuelve tan melancólica, o la falta de ti y de tus besos que echo de menos a pesar de no haber tenido jamás. Tal vez sea este frío, porque mis manos están siempre congeladas allí donde falta tu calor. Y a estas horas de la madrugada, ahora que mi inestabilidad ha empapado la almohada de recuerdos, te escribo de nuevo. No sé por qué lo hago. Tal vez te escribo porque necesito escribirte, a pesar de que dije que no lo volvería a hacer. Tú solo mira estas ojeras y piensa que son tuyas, al igual que yo. Que ya sé que odias que no sonría, pero admite que es irónico que trates de arreglarme cuando fuiste tú quien hace tiempo creó este desastre.
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